martes, 7 de agosto de 2007

Por tierras de Lleida

Como hacía tiempo que JT y yo no hacíamos una escapada, este último finde cogimos el coche y pusimos rumbo a Lleida. Llegamos el sábado por la mañana, y nos recibió un terrible calor, árido y seco. Lleida está atravesada por el río Segre, que divide a la ciudad en dos y que da nombre a la comarca del Segriá, de la que Lleida también es capital. Es sede de la universidad (Estudio General) más antigua de Catalunya, y su principal actividad es la agricultura (especialmente frutal), aunque está haciendo notables esfuerzos por desarrollar el turismo. En primer lugar, subimos (en el moderno ascensor) a la maravillosa "Seu Vella", que domina la ciudad desde su parte más alta. Se trata de una magnífica catedral gótica, que cuenta con un espectacular (por su tamaño y por sus ventanales abiertos a la ciudad) claustro y un altísimo campanario que ofrece las vistas más completas. Subir hasta su extremo es una aventura no apta para cardíacos, y en pleno agosto más aún. Cuando conseguí subir, me latia hasta el último de mis músculos. Una vez recuperados, seguimos la visita por la Seu y sus inmediaciones, donde se encuentra el Castillo del Rey, o "La Suda", que está siendo rehabilitado. Bajamos hasta la calle de Sant Antoni, la más concurrida y comercial de la ciudad, para comer. En esta misma calle también encontraremos La paeria o Ayuntamiento, y la Seu Nova, la catedral nueva, de estilo neoclásico. Por la tarde, paseo en el coqueto y descapotable bus turístico, que hace un recorrido general pero bastante interesante por toda la ciudad. El autobus nos subió al castillo templario de Gardeny, situado en otra pequeña colina, aunque no pudimos visitarlo por haberse superado el horario, y después nos condujo al otro lado del río para observar los nuevos barrios y el pequeño campus universitario. Poco más que destacar en esta ciudad, salvo alguna que otra casa modernista de principios de siglo, la iglesia de Sant Joan, o el moderno edificio del Palacio de Justicia, construido aprovechando las curvas de la misma colina donde se establece la Seu Vella. Mi impresión general de Lleida es la de una ciudad bastante seca, y, a decir verdad, no especialmente bonita, pero con uno de los monumentos más espectaculares de Catalunya: la Seu Vella. Izquierda: Panorámica de Lleida con la Seu Vella al fondo; Derecha: Balaguer, iglesia Sta María al fondo

JT me recomienda, y con razón, que abandone el tono académico y lo sustituya, digamos, por uno más personal y ameno. Lo intentaré. A partir de ahora, más impresiones personales y menos datos, que para eso está internet.

El sabado dormimos en Lleida, en un curioso hotel literalmente "insertado" en el edificio de la estación de ferrocarril, el Catalonia-Lleida. Era bastante horroroso, con habitaciones pequeñas con vistas a los andenes, cafetería-restaurante compartida con los viajeros, y un suelo penoso de baldosas de gres blanco. Aquello parecía un motel de tercera. Pero intentamos ser positivos pensando que solo lo queríamos para dormir.


A la mañana siguiente partimos hacia Balaguer, municipio bastante grande, tambien capital de comarca (La Noguera), y también atravesado por el río Segre, que separa el casco histórico de los nuevos barrios. Lo peculiar es que se conserva aquí una buena parte de sus antigüas murallas, pero al ir a visitarlas nos encontramos la escalera cerrada, pese a estar dentro del horario de visitas. Curioso fenómeno que se repitió en el resto de monumentos visitables. Una vez frustrado nuestro ascenso a la muralla, subimos a la iglesia de Santa María, que también está en la parte más alta y desde la que se podía tener buenas vistas. Se trataba de una iglesia bastante amplia, las guías dicen que gótica, pero de interior dramáticamente vacío. Unos pocos bancos en la parte delantera, unos cuadros esparcidos por las capillas desnudas y un cristo en el altar era la única ornamentación que acompañaba al sacerdote, que en esos momentos daba misa a unos pocos feligreses.
Pegado literalmente a la iglesia, en uno de los laterales, se encontraba el cementerio. Algunas personas, aprovechando la misa, se acercaban a las tumbas de sus parientes. Salvo alguna escultura, las lápidas eran bastante austeras. Por respeto, nos abstuvimos de hacer fotos, con lo que nos gusta.
Desde allí, y atravesando un camino nada recomendable (casas abandonadas, sucias, llenas de animales sueltos, ocupadas por vete tú a saber quien), ascendimos hasta una pequeña colina contigua a la de la iglesia, donde se encontraban el Castell Formós (también cerrado pese a ser hora de visita, irónicamente), y el convento e iglesia del Sant Crist, de las monjas clarisas, un edificio bastante moderno y sencillo. Al menos pudimos entrar a la iglesia. De vuelta a la zona baja del río, nos encontramos un via crucis de modestas esculturas.
En resumen, Balaguer me recordó bastante a Lleida, ambas con un casco histórico bastante abandonado, repleto de suciedad, dejadez, casas derruidas, otras abandonadas, y donde se ha instalado la población inmigrante (subsaharianos principalmente, y marroquíes), que acuden para trabajar las tierras, seguramente a cambio de sueldos miserables. La población autóctona parece que se ha instalado en los barrios de nueva construcción.
De vuelta a Barcelona, camino de Agramunt, paramos en un pequeño pueblecito llamado Preixens. Vacío, por la calurosa hora y por la escasez de habitantes, tenía un enorme castillo en lo alto y una pequeña iglesia bastante coqueta. Los únicos seres vivos que nos cruzamos, un par de gatitos curiosos.
Como última etapa de nuestro periplo ilerdense, visitamos Agramunt. Se trata de un pueblo de tamaño medio (5000 hab), en la comarca de l'Urgell, y lo que más me gustó (y prácticamente lo único que destacaría) es su magnífica iglesia de Santa María, situada en la misma plaza que el Ayuntamiento. También había alguna plaza porticada que merecía la pena. Sin ser ninguna maravilla, me pareció el pueblo mejor cuidado de cuantos visitamos. Después de recorrerlo, achicharrados por el sol, regresamos a Barcelona. Con este viaje, confirmé lo que me temía: Lleida es la provincia catalana que menos me agrada, y no solo por ser interior (privandonos así de los atractivos de la costa), sino porque las poblaciones -incluida la capital- están menos cuidadas que el resto. Cabría mejorar mucho, mucho.