Quería hablaros en concreto de su entrada del diez de julio. En ella habla del uso que de la lengua propia hacen los nacionalismos periféricos. En el estupendo artículo defiende el uso del castellano, o más bien la libertad de emplearlo, en Galicia. Estoy de acuerdo con ella. La lengua no debería ser motivo de separación, ni de exclusión, ni de discriminación. El problema llega cuando el derecho legítimo de hablar gallego (o catalán, o vasco) se convierte en un arma que los nacionalistas disparan contra los castellano-hablantes, olvidándose del derecho que también a ellos les asiste. Resido en Catalunya y he podido comprender de primera mano el problema. Salvando las diferencias con el caso de Galicia, aquí también se usa la lengua catalana como arma politica y estandarte del movimiento nacionalista, llegando -con la excusa de que el catalán está discriminado- a adoptarse medidas absurdas y verdaderamente discriminatorias: uso exclusivo del catalán en el ámbito académico, cartelería en catalán -so pena de multa-, canal autonómico integramente en catalán, doblaje de peliculas (cuyo idioma original es el castellano) al catalán...Y si alguien comete la imprudencia de señalar esta situación, rápidamente, y al igual que le sucede a Marta, es tachado de españolista, retrógrado y anti-catalanista (gallega en su caso). En fin, arriba la libertad y todo mi apoyo, Marta. Aquí os dejo literalmente el artículo en cuestión, pero no dejéis de visitar su blog. Lo encontraréis en los links de literatura.

En mi Galicia natal, Quintana y sus chicos han decidido que el galego se imponga en las escuelas. Eso sí, como son tolerantes y comprensivos, permitirán que se impartan en castellano materias esenciales, como plástica o gimnasia. Se debe aprender mucho idioma en las clases de educación física, uno, dos, izquierda, derecha, paso ligero, ar.
Los mismos que han encontrado en el idioma el mejor refugio para su mediocridad de nacimiento pretenden crear muros cada vez más altos. Quieren crear generaciones enteras incapaces de manejar el castellano. O, lo que es lo mismo, impedir a los míos manejar como yo manejo un idioma que hablan cuatrocientos millones de personas. Esto es el mundo al revés: los institutos Cervantes a tope en el Líbano, en Pekín, en Varsovia o en Nueva York, y en La Coruña aprendiendo castellano en la clase de manualidades, manda carallo. Y, por cierto, ya tenemos galescolas, ya se sabe, la versión enxebre de la grata ikastola vasca, donde ni una sola palabra del pernicioso castellano se colará en el vocabulario de los tiernos infantes.
¿A quien perjudica esta historia? A mí no, vive Dios, que tuve la suerte de vivir mi adolescencia en otra época en la que se llamaba al pan pan y al vino vino, y que no me vengan con cuentos da terra asoballada, porque yo tuve un profesor que daba la clase de física en gallego y no se hundía el mundo. Yo hablo catastellano estupendamente y me defiendo bastante bien en gallego. A los adolescentes de ahora les pasará lo contrario: hablarán un gallego académico y un castellano pasable, que, desde luego, no les será suficiente para abrirse camino fuera de Galicia. Qué gran operación la de los nacionalistas. Qué gran idea la suya. Cerremos fornteras. Levantemos muros. Que nadie salga y, lo que es más importante, que nadie entre y nos repartimos todo nosotros. La pregunta es ¿qué es lo que se van a repartir? y, sobre todo ¿quedará algo que repartirse entre la estrechez de miras y la mediocridad imperante?
Marta Rivera de la Cruz